La climatización

Quizás sea familiar la escena de la oficina en verano con el aire acondicionado a tope y las ventanas abiertas porque hace un poco de frío, o viceversa en invierno. Y es que, a menudo, los sistemas de calefacción y aire acondicionado trabajan "contra los elementos". Esta observación no es nada anodina, ya que hasta casi el 50% de la energía eléctrica consumida en una oficina proviene de los sistemas de regulación de la temperatura. Al igual que en la iluminación o en los equipos ofimáticos, un ámbito donde el consumo de energía es importante supone una excelente oportunidad para introducir medidas poco costosas y muy fáciles que aumentan la eficiencia y eficacia y permiten el ahorro, sin reducir el bienestar.

 

Para empezar, optimizar la temperatura dentro de límites que permitan la comodidad puede ser una medida extremadamente eficaz, ya que cada grado más programado en verano (o viceversa en invierno) supone una reducción de hasta el 10 % en la factura y apenas lo notaremos corporalmente. Así, se recomienda regular el aire a una temperatura de 20ºC en invierno y de 24ºC en verano.

 

Por otra parte, es pertinente valorar si los equipos de calefacción y aire acondicionado tienen un adecuado rendimiento, siendo los nuevos productos más eficientes y pudiendo instalar sistemas con certificaciones como ENERGY STARâ que garantizan su eficiencia energética.

 

Una buena instalación

 

Los sistemas de climatización pueden ser de calentamiento (o enfriamiento) del aire de las estancias o bien de radiación. La utilización de un sistema u otro depende de las dimensiones, la distribución de los espacios del edificio, su altura, el uso que se le dará, etc. En cada uno de los casos habrá que valorar cuál es el más conveniente.

 

También se tiene que realizar una valoración de las necesidades energéticas (caloríficas y frigoríficas) durante todo el año. Si estas necesidades son similares, se recomienda utilizar una misma máquina combinada para los dos servicios, pero si existen diferencias, es mejor utilizar un sistema para cada servicio, ya que una única máquina estaría sobredimensionada y tendríamos un consumo energético innecesario.

 

A continuación presentamos algunos criterios a tener presentes una vez seleccionado el sistema de climatización más adecuado para la instalación:

 

Los aires acondicionados deberían poseer una eficiencia energética de tipo A según la Etiqueta Energética Europea.

 

Si el sistema de climatización seleccionado es mediante calderas, se optará por aquellas que posean cuatro estrellas, en base a la clasificación establecida en la Directiva 92/42/CEE, ya que consiguen mayor rendimiento. Además, las calderas de condensación y de baja temperatura pueden procurar ahorros energéticos del 25% frente a las calderas convencionales.

 

Realizar una sectorización del edificio a climatizar, agrupando las salas o zonas del edificio con temperaturas y horarios de funcionamiento parecido.

 

Utilización adecuada de cronotermostatos para la regulación del sistema de climatización seleccionado en las horas de utilización de la instalación, y desconectar o reducir la climatización cuando no se esté usando el espacio.

 

Estudiar la posibilidad de utilizar energía solar térmica como sistemas de apoyo al sistema de climatización.

 

Los productos refrigerantes que utilizan algunos sistemas de climatización son muy contaminantes, algunos de ellos (clorofluorocarbonados –CFC- o hidroclorofluorocarbonados –HCFC-) tienen prohibida su comercialización en Europa por afectar a la capa de ozono. Actualmente, se utilizan hidrofluorocarbonos HFCs que, al no poseer cloro, no afectan a la capa de ozono, aunque algunos contribuyen al efecto invernadero. Por ello, conviene priorizar las marcas que utilicen como refrigerante ecológico de altas prestaciones el R-410a, obtenido a partir de HFCs.

 

En las calderas debe favorecerse el uso de aquellas que presenten los menores valores en relación a las emisiones de combustión, siendo recomendable que el nivel de emisiones de NOx sea inferior a 100 mg/kWh.

 

Las calderas de gasóleo y de gas son las que mayor emisión relativa de CO2 producen, le siguen las bombas de calor eléctricas de electricidad procedente de fuentes no renovables, la bomba de calor a gas y, en un porcentaje pequeño de emisión, las bombas de calor eléctricas cuya electricidad procede de fuentes de energía renovable.

 

Un uso inteligente

 

Algunas medidas de sentido común, aunque no por ello dejemos de olvidarlas, son:

 

Evitar tener las ventanas o puertas abiertas cuando la calefacción o el aire acondicionado están funcionando, para impedir pérdidas y derroche. Es preferible ajustar la temperatura de los mismos.

 

Siempre que sea posible, aprovechar la regulación natural de la temperatura, por ejemplo, en verano las ventanas entornadas o las corrientes de aire pueden refrescar algunas salas sin necesidad de encender el aire acondicionado.

 

Apagar o minimizar los sistemas de calefacción o aire acondicionado en las salas no ocupadas: salas de reuniones vacías, fuera de las horas de trabajo, ...

 

Cerrar bien las ventanas y puertas y bajar las persianas en invierno para evitar pérdidas de calor.

 

Evitar un funcionamiento simultáneo de la calefacción y del aire acondicionado.

Utilizar dispositivos termostáticos para la regulación del aire acondicionado y la calefacción, así como controles automáticos de encendido y apagado programados en función de los horarios de trabajo.

 

Comprobar que los sistemas de aislamiento térmico son adecuados.

 

Asegurar un adecuado mantenimiento de los sistemas de calefacción y aire acondicionado, consiguiendo el mantenimiento de la eficiencia energética del sistema y la prevención de averías.